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Reseña La última corona

 

 

Una novela épica y de acción

La Última Corona me recuerda a las cadenetas de sillares que ciñen las esquinas de ciertas casas solariegas, trabando la obra allí donde esta resulta más vulnerable, conectando con una espina de piedra ritmada el suelo con la cornisa. Y así avanza la novela de Ricardo Montés, tomando altura a medida que las páginas avanzan, concatenando cuitas y lances sin apenas dar un respiro al lector, salvo el contrapunto de alguna reflexión o conseja que surgen al socaire de los hechos, más alguna semblanza de paisaje tirada con un gusto en la que lo breve no mella lo exquisito.

La Última Corona, obra en la que se combinan las más bajas querencias con los idealismos más cuajados, nos muestra una letanía de traiciones; la traición es no dar fe de aquello que uno recibe, la traición, pues, es en cierto modo el antagonista de la tradición. En efecto, todas la relaciones humanas, políticas e íntimas, quedan sometidas a lo largo de sus páginas a un carrusel de ultrajes, a un rosario de ponzoñas. Abundan por doquiera los cuerpos supliciados y las almas podridas, suspicaces, crueles, amigas del veneno y de la daga, corroídas por el brillo malsano del oro, y el otro, no menos potente, el de la lujuria. Hombres que han llegado al fondo de sí mismos y no tienen más horizonte en sus ojos que el medro y la prevalencia; unos actúan por lo bravo, otros, a la sorda, con trapacería. La novela comienza con una traición y termina, aunque esto último ya queda sujeto a la interpretación de cada cual, con otra.

Se podría decir, también, que la obra comienza y termina con una mujer, y ya se sabe que, en los escenarios de la vida, sean estos grandes o chicos, suele haber una mujer que inclina las voluntades desde la sombra, a veces, incluso, sin hacer nada, solo por el hecho de existir. He aquí la fuerza primigenia, polar, de lo que Goethe llamase el eterno femenino. ¿Acaso no fue una mujer la que llevó las naves aqueas frente a los muros de Troya, una mujer la que arrojó a los ingleses de Orleans, una mujer la que destruyó a la monarquía de los Tarquinios y trajo la República a Roma, una mujer la que abatió a la hidra de la revolución en el corazón de Marat? Florinda, el personaje central de esta novela, es de la estirpe de esas otras mujeres: Helena, Lucrecia, Juana de Arco, Charlotte Corday, en las que la historia y el mito convergen y se transmutan en símbolo, es decir, en expresión de lo imperecedero. Las mujeres tienen en La Última Corona una posición axial, pues todo parte de ellas y todo vuelve a ellas; son la víctimas de un mundo que han echado a rodar, pero un mundo, a fin de cuentas, en cuyo origen y vórtice están ellas, como el sol sobre la línea del horizonte, señoreando. El verdadero trono no lo tienen los hombres de la espada, sino sus compañeras, y repárese en un detalle, el trono recibe, pero no se mueve, por lo que no es casualidad que a las grandes diosas se las represente, a lo común, sentadas, y que sea el hombre quien mueva pieza si quiere allegarse y probar cacho.

Las mujeres en la obra de Ricardo, aunque de diversa laya, suelen ser corajudas, contumaces, bragadas; hembras de armas tomar que no se arredran ante los desafíos y se aceran en la adversidad, víctimas, sí, pero también victimarias, acendradas en la porfía y resistentes en el dolor. Es en las mujeres de la novela donde se percibe el sentido de la continuidad de las cosas: ese amor al hombre y la mujer concretos, al hombre y la mujer de una tierra, de un lugar, de un linaje, de una condición, de una cultura, no por lo tanto a ese hombre y a esa mujer abstractos que inventarían los ilustrados y que se ha convertido en el día de hoy en una especie de manía, si no en dogma de fe. En ellas se siente el amor por las cosas cercanas, por las cosas que a uno le constituyen: la lengua materna, los rostros familiares, las mieses granadas, los caminos transitados, las fuentes galanas, las costumbres y los ritos. Ellas representan el arraigo, es decir, el sentido de que la sangre actual bebe de todas esas generaciones que se dejaron los huesos para que esta vida, la mía, la tuya, fuera posible; este fue siempre el significado profundo de la piedad: una memoria y un respeto por los muertos, y la lucha por un presente y un futuro que, aunque sin duda distintos, pues ningún movimiento vuelve al punto exacto del que partió, no les mancillen, donde el hombre de hoy pueda dar la mano al hombre del pasado, en mutuo agradecimiento.

Los varones de la novela, en comparación, andan por lo común fuera de eje, como una peonza que pierde fuerza y cabecea, a piques de dar en suelo. Se nos muestran, casi sin excepción, dominados por los furores de un amor carnal que suelen saciar mediando violencia; hombres que no saben amar, tampoco a sí mismos, que no ven más allá de su nariz y andan sumidos en inquinas personales sin cuento ni término, y que por lo tanto están destinados a ser tragados por la marea de la historia, una marea que, en ese momento, habla una lengua foránea y viene del sur.

La Última Corona es una novela épica y de acción, pues son los hechos el elemento vertebrador de la obra, y también es, en mi humilde opinión, una novela, en lo que atañe a los protagonistas, iniciática, en el sentido de que, a lo largo de sesenta días, van, al hilo de unos acontecimientos excepcionales que actúan como divisoria de aguas o piedra de toque, descubriéndose a sí mismos, viendo cómo aflora lo mejor y lo peor que llevan dentro, esas cualidades que a menudo solo salen a la luz cuando los tambores tocan a rebato.

En cuanto al estilo, Ricardo Montés hace alarde de una prosa fácil que no rehúsa, en virtud de los ambientes y las situaciones que construyen la historia, un grato gusto añejo. No es baladí apuntar que, aunque la novela cuente con más de quinientas páginas, en ningún momento resulta tediosa, y aducimos al respecto tres razones: los capítulos son breves, las peripecias se concatenan casi sin cesuras y el uso prolífico del diálogo ahueca y da soltura a la narración. Puedo afirmar pues, sin sonrojo, que el tema y la forma trabajan en esta obra de un modo armónico, plástico y feliz, como si bailasen un minué. De rigor es concluir esta reseña dando mi más sentida enhorabuena al autor, pues sé lo difícil que es escribir una obra de este calibre y el amor y el tesón que hay que poner en liza para darle cumbre, y apuntarle, dándole un poco de acicate a su vocación literaria que, como reza el dicho popular, no hay dos sin tres.

 

 

Unos breves apuntes historiográficos

Ricardo asume en su obra la tesis de Henri Pirenne, según la cual, la Edad Media no comienza cuando Odoacro, rey de los Hérulos, abate definitivamente a Roma en el año 476 y envía las insignias del Imperio a Oriente, sino algo más de dos siglos más tarde, cuando los musulmanes rompen la unidad cultural y económica del Mediterráneo dividiéndolo en dos. Cabe mentar que, en lo que atañe a periodizaciones, las opiniones son diversas y, dado que la historia es una fluencia de transiciones, pocas cosas hay más difíciles de determinar que el inicio o término de una era o fenómeno histórico. En cuanto a la caída del Reino Visigodo que tan bien ilustra el autor en su novela, comentar que las jefaturas en las tribus germánicas eran en principio electivas. A medida que las estructuras del reino se fueron consolidando, esta jefatura fue girando hacia una monarquía dinástica hereditaria pero este movimiento nunca pudo consolidarse del todo, faltó, lo que el célebre sociólogo alemán Max Weber llamase “rutinización del carisma”. Esta falla hizo que las guerras intestinas carcomiesen el organismo político del reino llevándolo en última instancia a su destrucción. A esto, sin duda, ayudó el hecho de que los visigodos eran una casta militar endogámica que nunca empastó con el grueso demográfico de la población hispano-romana, con lo cual, ante la amenaza sarracena no existió una conjunción de fuerzas que actuasen en pos de una defensa común, puesto que esto: lo común, era precisamente lo que faltaba. Así, cuando el ejército visigodo, mermado por una división de facciones, fue derrotado, ya nadie quedaba que pudiere plantar cara al invasor, salvo los irreductibles pueblos que vivían parapetados tras los farallones de la Cordillera Cantábrica y que habían sido reluctantes a cualquier poder externo, incluido el visigodo. Las castas guerreras endogámicas presentan en la historia pueblos muy poderosos pero que no son capaces, en el largo plazo, de restañar con sangre propia los huecos que las actividades bélicas necesariamente producen; un ejemplo de esto serían los espartanos. Digamos que los musulmanes encontraron muy poca resistencia en España y su avance hacia Europa solo se detuvo cuando Carlos Martel los abatió en las llanuras de Poitiers unos años más tarde. A partir de aquí, España se convierte en una tierra de frontera y los reinos cristianos del norte solamente son capaces de revertir la situación cuando las corrientes demográficas de una Europa mejor articulada y que inicia su despegue fáustico, comienzan a verterse poco a poco sobre la Península, sobrepujando a las que a su vez vienen de África cruzando el Estrecho. Sobre todo a partir del año mil, gascones, borgoñones, provenzales, hombres de Normandía, el Poitou y la Turena, franquearán los Pirineos, unos con su espada, otros con sus oficios, otros en busca de un terruño y quien sabe si de una franquicia de caballero (los llamados pardos o cuantiosos), y muchos de ellos quedarán aquí, en esta tierra de promisión que harían su patria. Pero esta ya es otra historia, el reverso de aquella batalla que se libró bajo un sol abrasador, urdida por la venganza y una ambición desmedida, en una laguna, la de la Janda, que restallaba como una inmensa lámina de platino. Allí, como dijo Ricardo, empezó todo.

Adriano.

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