Traumas y sandeces es una obra castiza, carpetovetónica, o, dicho de otro modo, y que nadie se ofenda, españolísima. Sus ancestros podríamos encontrarlos en la picaresca: Lazarillo o Guzmán de Alfarache no desentonarían en estas páginas si les quitamos las calzas y los vestimos con vaqueros y camisa; en el conceptismo corrosivo de Quevedo, lleno de giros y sutilezas; en el tremendismo de Torres Villarroel, en esa realidad esquiciada que Valle Inclán llamase esperpento, o en el humor salitroso y como salido de madre de Don Camilo.

En fin, que a este libro no le faltan razones de parentesco y cualquiera de los anteriores le podría firmar una carta de presentación. Por sus páginas pululan gentes de todas las raleas, con el punto común de que todos pretenden llevar el agua a su molino, gentes que pretenden saber más que Lope, de los que se alzan con el santo y la limosna y todo lo interpretan ad libitum. Gentes con las cuales ha tratado el autor por lo grueso y por lo fino, que de tanta dialéctica viene más corrido que una mona, y que le obligan a uno a estar siempre con los cinco sentidos. En esta obra hay, en términos antropológicos, de todo: botarates de los de meter voces y, también, de los que actúan a la sorda y matan el hambre sin decir esta boca es mía, incluso luce alguna señora de las que quitan el hipo y le ponen a uno chiribitas en la cabeza, que parece aquello una noria. Miguel Galindo, hombre echado para adelante, con ese toque punzante y expresionista que ha sido siempre rúbrica de la literatura patria, nos muestra el retrato de un tiempo y un lugar a través de la cuitas policiales con las cuales tuvo que bregar durante muchos años. Traumas y sandeces es una obra divertidísima, que muestra la variedad del cascote menudo que hay en cualquier muro social. Un paisaje estupendo. Les gustará.

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Sara Fa, desde Benicarló, nos ofrece una novela exquisitamente femenina, ligera, fluente, con chispa, con mucho humor y un hedonismo que exprime al máximo el jugo de las cosas cotidianas, y un punto, también, de frivolidad, y no se tome esta palabra con un sesgo negativo, sino como un modo de poner al mal tiempo buena cara.

No es esta una novela para ahondar en los grandes misterios de la vida ni poner el cerebro a cavilar sobre asuntos complejos. Una au pair en apuros es un obra para entretenerse, para evadirse, saturada de un epicureísmo menudo, de superficie, superficie sobre la cual nos deslizamos con la facilidad de un patinador sobre el hielo. En su género, este libro, y conste que no pretendo faltar a la verdad o pecar de cobista, puede parangonarse con cualquier otro, pues su facundia no desmerece a la de autoras que ya tienen caché, casilla y rubro en los ambientes literarios. La autora ha hecho un buen trabajo, aunque los gustos, claro está, son como los vientos. Si quiere despejar la mente, olvidarse durante unas horas de los problemas incordiosos del día a día, esta novela, anónimo lector, le viene a usted como anillo al dedo.

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Crónica navarra. José Ignacio Díaz Lucas.

El jueves día 17 de marzo, tuve el honor de acompañar a José Ignacio Díaz Lucas en la presentación de su libro en el Nuevo Casino de Pamplona, un local antañón, con artesonado de casetones, arcos de medio punto, telamones, laureas y otros caprichos de la decoración historicista. Una estancia que ni pintada para que comience a rodar la aventura literaria de José Ignacio. Por un momento tuve, tuvimos, la sensación de que Juan Yanguas, el protagonista de la novela, se hallaba entre los concurrentes escuchando su propia historia de labios de unas gentes mucho más modernas, pero que siguen sintiendo en su sangre el rumor de unos hechos acaecidos hace más de cien años, en una isla de enorme belleza que fue cercenada del cuerpo patrio mediando la argucia, o al menos esto asevera el autor.

José Ignacio se acerca al pasado con la actitud del Augusto de la vía Labicana: una estatua de Octaviano vestido de Pontifex Maximus, velado, vertiendo resinas olorosas o vino sobre el ara. Así ha de ser. Un profundo respeto exhala de la obra de José Ignacio por aquellos españolitos que a falta de medios no pudieron ejecutar la redención de cupo y fueron llamados a quintas, y no pocos de ellos quedaron atrapados para siempre por las fiebres de la manigua, macheteados sobre una trocha o con una bala hostil escarbándoles el cráneo o las costillas. Lo mismo se predica de los oficiales que andaban arengando a la tropa por las trincheras, batiéndose siempre en primera fila y encarando el fuego enemigo como si aquello fuese pólvora de ferias y la muerte una cosa cotidiana; que nadie pudiera jamás decir que fueron unos cobardes. Hasta aquí los leones, que diría Maquiavelo, pero los zorros, dónde estaban. En La Península, trajinando por antesalas y despachos la perdición ajena, poniendo las fichas sobre el tablero de tal forma que, al primer embate, todas se fueran al suelo y ya no hubiere forma de retomar la partida. Razón tenía Ortega cuando decía que, en España, las élites habien sido por lo común inejemplares y no tenían la virtud de galvanizar al pueblo. El peor enemigo de España ha sido casi siempre un español, de ahí ese rompedero de cabeza que parece un asunto sacado del diván de un psicoanalista, acerca de qué es España y cuáles son sus orígenes, y la controversia aneja, cainita, entre la España y eso que se ha convenido en llamar la AntiEspaña, pero, digo yo, qué hay más español que poner a este país en solfa.

La tesis historiográfica de José Ignacio es la siguiente: España no estaba tan mal como se dice y tenía en aquel entonces los medios para ganar una guerra que se perdió a las primeras de cambio sin poner, ni mucho menos, toda la carne en el asador; una guerra que la diplomacia posterior refrendó con un acuerdo draconiano. Como se puede inferir de lo hasta aquí dicho, en la novela de José Ignacio la épica tiene su parte, y no pequeña, pero hay más cosas dentro del tarro que hacen de esta compota un plato exquisito, por ejemplo el amor, y este en sus diferentes formas: conyugal, adulterino, pero también amor al amigo, al terruño, a la patria, a la idea. El autor nos muestra, también, un fresco de la sociedad isleña, con todo su colorido abigarrado, su crisol de sangres, sus comidas, la balumba de sus calles, sus fachadas columnadas y sus patios rumorosos, y, cómo no, sus vicios. Destacar así mismo un fondo existencialista, muy a lo Shakespeare, en la figura de Juan Yanguas, fondo que conecta al individuo con el gran movimiento histórico de conjunto en el cual se halla inmerso, como un palito dentro de una torrentera. Esta conexión entre lo particular y lo general es el sello de las buenas novelas históricas. Yanguas es un hombre que, una vez llega a Cuba, vive en permamente tensión moral; diversas motivaciones tiran de él como si fuere un muñeco de trapo y amenazan con dejarle hecho un siete. Esta disputa que acaece en el fondo de su alma le empuja por vías laterales, a la búsqueda de los sucedáneos y espejismos que generalmente vienen adjuntos a los problemas de conciencia. Permítaseme apuntar que, esta noción de la moral como tensión entre dos o más polos, es la propia de Occidente; es decir: la dialéctica entre el sentido del deber y los imperativos de la propia personalidad. La moral como renuncia, como aquiesciencia, es de tipo asiático, y la moral kantiana, ilustrada, es un producto de la abstracción y por lo tanto derivada de una comprensión mecánica y silogística de la existencia. La moral aquí ha supuesto siempre tensión y elección, y, como correlato, el saber que todo paso que se da es irreversible. Y si no, que se lo pregunten a Juan Yanguas.

La Gran Traición principia y concluye con dos escenas, a mi entender, concordantes y que limitan de un modo perfecto el grueso de la acción. La primera es el asesinato de Cánovas por el anarquista Michele Angiolillo en el Balneario de Santa Ágeda. La segunda tendrán que descubrirla ustedes leyendo el libro, chapuzándose en las numerosas vicisitudes que surgen al calor de sus páginas y, en el último término, ver entonces si su sentir se acomoda al de quien esto escribe o no.

Valga un pequeño apunte desde el punto de vista formal. En este sentido, lo que más destacaría de la obra es su contrapunto entre los diálogos, chisposos, atléticos, y las descripciones, minuciosas, laxas, engolfantes. Mi más sincera enhorabuena, José Ignacio, por tu libro, y mi gratitud por el trato que en todo momento he recibido de ti. Gracias también a tu esposa por recibirme en su casa con la naturalidad de quien me ha visto en ciento y una ocasiones, aunque fuese la primera vez. Gracias también a Emilio Echavarren por aderezarnos los minutos previos a la presentación con un pequeño tour por las instalaciones del casino. No pude despedirme de él en la manera debida y desde aquí le ofrezco mis disculpas a este compañero de las letras. Gracias también a esas gentes que llenaron la sala y nos brindaron su afecto y su aplauso. Y a los que no han leído todavía la novela de José Ignacio, decirles que compren ese billete y viajen sin ideas preconcebidas a un tiempo y un lugar que forma parte de ellos mismos. La cualidad fundamental de este libro es, según yo lo veo, el de su necesidad. Sí, es necesario que exista, ahora más que nunca.

Adriano.

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Mariela envenena mis sueños tiene, según el sentir de quien esto escribe, dos virtudes centrales. La primera es la capacidad de evocación, y la segunda, no se sorprendan, su capacidad terapéutica, ansiolítica. Evocación porque esta novela está escrita desde un sentimiento que corre por los vericuetos del alma como la gota de lluvia por la nervadura de la hoja, evocación porque muestra a un hombre a pleno pulmón, que se ve atrapado por las intersecciones de la vida, y singularmente por aquellas que hollan con su molde la memoria poética, esa memoria que es sede de los arquetipos, de las relaciones polares, del eterno femenino que nos hechiza. La novela está transida de una nostalgia suave, tornasolada, como esos listones de luz polvorienta que se cuelan por los entresijos de la persiana una mañana de domingo, de un domingo cualquiera, fuera del tiempo, con sabor a bronce. Mariela envenena mis sueños es la novela de un hombre que sufre, de un hombre que pretende conjurar a la mujer del pasado en el torbellino del presente, para encontrarla de nuevo en un futuro que está hecho con la hebra, siempre frágil, de los sueños; sueños que están al envés de las cosas, como si dijéramos, sosteniéndolas, sueños que, tal vez para no morir, solo puedan ser soñados.

Ninguna nostalgia muerde tan duro como aquella que se siente por lo que nunca fue, ninguna. Cualquiera, hombre o mujer, que asuma, como diría Unamuno, el sentimiento trágico de la vida, cualquiera que vea a esta como un trasunto de símbolos, de cosas metafísicas; un anhelo de hallar en lo movible lo sólido, en lo efímero lo imperecedero, cualquiera, digo, se sentirá identificado por ese corazón que navega a la bolina, por ese cóctel de sentimientos; duda, culpa, esperanza, lujuria, impotencia, melancolía… Esta novela no está escrita con escuadra y cartabón, sino con lo que Pascal llamase espíritu de finura;de hecho, podemos imaginar a Jordi Cicely, el autor, en la misma tesitura que el sabio barroco: temblando ante lo sublime de una noche estrellada.

Y dije terapéutica… porque la lectura de esta obra fluye como los meandros de un río que se apresta a tomar la desembocadura, con un ritmo atemperado, punteado con una laxitud voluptuosa que le hace sentir a uno como si se le hubiesen escurrido varias onzas de plomo por la planta de los pies. La lectura deja al lector reverberante como una campana, o aún mejor, como el ronroneo de un gato que nos mira entre la hierba con sus ojos de mandorla. Mariela envenena mis sueños es una novela que, orillando el verbo de su título, te deja en un estado de beatitud, de placentera introspección; se trata de una novela ritmada y que fluye como la música, ligera en los hechos, profunda en los sentires.

La trama de la obra es muy sencilla: un hombre roto por una relación amorosa que se queda en conato apenas alumbra, trata de cerrar el círculo durante un viaje a la Perla de las Antillas, allí busca algo que le haga olvidar a Mariela, y toda su voluntad se orienta hacia el trono, hacia esa mujer que vislumbramos en sueños y que nos deja la cabeza como un tiovivo, esa mujer que es el eje y término de todo y cuya figura vamos tanteando en las diversas mujeres que nos van saliendo a lo largo del camino. Harto difícil es llenar el hueco que deja una mujer que se ha convertido en símbolo. Solo un símbolo desplaza a otro símbolo. Lo demás; tratar de llenar el hueco con la anestesia cada vez más ineficiente de los placeres mundanos. Esta es una novela sobre el hombre y la mujer, sobre el oro y el barro, sobre las relaciones, íntimas, que se establecen entre el amor y el dolor, sobre el nudo que un conquistador legendario cortase en Gordión, y sobre un mundo que, mientras sea humano, estará cimentado en los sentimientos.

Adriano.

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Una novela épica y de acción

La Última Corona me recuerda a las cadenetas de sillares que ciñen las esquinas de ciertas casas solariegas, trabando la obra allí donde esta resulta más vulnerable, conectando con una espina de piedra ritmada el suelo con la cornisa. Y así avanza la novela de Ricardo Montés, tomando altura a medida que las páginas avanzan, concatenando cuitas y lances sin apenas dar un respiro al lector, salvo el contrapunto de alguna reflexión o conseja que surgen al socaire de los hechos, más alguna semblanza de paisaje tirada con un gusto en la que lo breve no mella lo exquisito.

La Última Corona, obra en la que se combinan las más bajas querencias con los idealismos más cuajados, nos muestra una letanía de traiciones; la traición es no dar fe de aquello que uno recibe, la traición, pues, es en cierto modo el antagonista de la tradición. En efecto, todas la relaciones humanas, políticas e íntimas, quedan sometidas a lo largo de sus páginas a un carrusel de ultrajes, a un rosario de ponzoñas. Abundan por doquiera los cuerpos supliciados y las almas podridas, suspicaces, crueles, amigas del veneno y de la daga, corroídas por el brillo malsano del oro, y el otro, no menos potente, el de la lujuria. Hombres que han llegado al fondo de sí mismos y no tienen más horizonte en sus ojos que el medro y la prevalencia; unos actúan por lo bravo, otros, a la sorda, con trapacería. La novela comienza con una traición y termina, aunque esto último ya queda sujeto a la interpretación de cada cual, con otra.

Se podría decir, también, que la obra comienza y termina con una mujer, y ya se sabe que, en los escenarios de la vida, sean estos grandes o chicos, suele haber una mujer que inclina las voluntades desde la sombra, a veces, incluso, sin hacer nada, solo por el hecho de existir. He aquí la fuerza primigenia, polar, de lo que Goethe llamase el eterno femenino. ¿Acaso no fue una mujer la que llevó las naves aqueas frente a los muros de Troya, una mujer la que arrojó a los ingleses de Orleans, una mujer la que destruyó a la monarquía de los Tarquinios y trajo la República a Roma, una mujer la que abatió a la hidra de la revolución en el corazón de Marat? Florinda, el personaje central de esta novela, es de la estirpe de esas otras mujeres: Helena, Lucrecia, Juana de Arco, Charlotte Corday, en las que la historia y el mito convergen y se transmutan en símbolo, es decir, en expresión de lo imperecedero. Las mujeres tienen en La Última Corona una posición axial, pues todo parte de ellas y todo vuelve a ellas; son la víctimas de un mundo que han echado a rodar, pero un mundo, a fin de cuentas, en cuyo origen y vórtice están ellas, como el sol sobre la línea del horizonte, señoreando. El verdadero trono no lo tienen los hombres de la espada, sino sus compañeras, y repárese en un detalle, el trono recibe, pero no se mueve, por lo que no es casualidad que a las grandes diosas se las represente, a lo común, sentadas, y que sea el hombre quien mueva pieza si quiere allegarse y probar cacho.

Las mujeres en la obra de Ricardo, aunque de diversa laya, suelen ser corajudas, contumaces, bragadas; hembras de armas tomar que no se arredran ante los desafíos y se aceran en la adversidad, víctimas, sí, pero también victimarias, acendradas en la porfía y resistentes en el dolor. Es en las mujeres de la novela donde se percibe el sentido de la continuidad de las cosas: ese amor al hombre y la mujer concretos, al hombre y la mujer de una tierra, de un lugar, de un linaje, de una condición, de una cultura, no por lo tanto a ese hombre y a esa mujer abstractos que inventarían los ilustrados y que se ha convertido en el día de hoy en una especie de manía, si no en dogma de fe. En ellas se siente el amor por las cosas cercanas, por las cosas que a uno le constituyen: la lengua materna, los rostros familiares, las mieses granadas, los caminos transitados, las fuentes galanas, las costumbres y los ritos. Ellas representan el arraigo, es decir, el sentido de que la sangre actual bebe de todas esas generaciones que se dejaron los huesos para que esta vida, la mía, la tuya, fuera posible; este fue siempre el significado profundo de la piedad: una memoria y un respeto por los muertos, y la lucha por un presente y un futuro que, aunque sin duda distintos, pues ningún movimiento vuelve al punto exacto del que partió, no les mancillen, donde el hombre de hoy pueda dar la mano al hombre del pasado, en mutuo agradecimiento.

Los varones de la novela, en comparación, andan por lo común fuera de eje, como una peonza que pierde fuerza y cabecea, a piques de dar en suelo. Se nos muestran, casi sin excepción, dominados por los furores de un amor carnal que suelen saciar mediando violencia; hombres que no saben amar, tampoco a sí mismos, que no ven más allá de su nariz y andan sumidos en inquinas personales sin cuento ni término, y que por lo tanto están destinados a ser tragados por la marea de la historia, una marea que, en ese momento, habla una lengua foránea y viene del sur.

La Última Corona es una novela épica y de acción, pues son los hechos el elemento vertebrador de la obra, y también es, en mi humilde opinión, una novela, en lo que atañe a los protagonistas, iniciática, en el sentido de que, a lo largo de sesenta días, van, al hilo de unos acontecimientos excepcionales que actúan como divisoria de aguas o piedra de toque, descubriéndose a sí mismos, viendo cómo aflora lo mejor y lo peor que llevan dentro, esas cualidades que a menudo solo salen a la luz cuando los tambores tocan a rebato.

En cuanto al estilo, Ricardo Montés hace alarde de una prosa fácil que no rehúsa, en virtud de los ambientes y las situaciones que construyen la historia, un grato gusto añejo. No es baladí apuntar que, aunque la novela cuente con más de quinientas páginas, en ningún momento resulta tediosa, y aducimos al respecto tres razones: los capítulos son breves, las peripecias se concatenan casi sin cesuras y el uso prolífico del diálogo ahueca y da soltura a la narración. Puedo afirmar pues, sin sonrojo, que el tema y la forma trabajan en esta obra de un modo armónico, plástico y feliz, como si bailasen un minué. De rigor es concluir esta reseña dando mi más sentida enhorabuena al autor, pues sé lo difícil que es escribir una obra de este calibre y el amor y el tesón que hay que poner en liza para darle cumbre, y apuntarle, dándole un poco de acicate a su vocación literaria que, como reza el dicho popular, no hay dos sin tres.

 

 

Unos breves apuntes historiográficos

Ricardo asume en su obra la tesis de Henri Pirenne, según la cual, la Edad Media no comienza cuando Odoacro, rey de los Hérulos, abate definitivamente a Roma en el año 476 y envía las insignias del Imperio a Oriente, sino algo más de dos siglos más tarde, cuando los musulmanes rompen la unidad cultural y económica del Mediterráneo dividiéndolo en dos. Cabe mentar que, en lo que atañe a periodizaciones, las opiniones son diversas y, dado que la historia es una fluencia de transiciones, pocas cosas hay más difíciles de determinar que el inicio o término de una era o fenómeno histórico. En cuanto a la caída del Reino Visigodo que tan bien ilustra el autor en su novela, comentar que las jefaturas en las tribus germánicas eran en principio electivas. A medida que las estructuras del reino se fueron consolidando, esta jefatura fue girando hacia una monarquía dinástica hereditaria pero este movimiento nunca pudo consolidarse del todo, faltó, lo que el célebre sociólogo alemán Max Weber llamase “rutinización del carisma”. Esta falla hizo que las guerras intestinas carcomiesen el organismo político del reino llevándolo en última instancia a su destrucción. A esto, sin duda, ayudó el hecho de que los visigodos eran una casta militar endogámica que nunca empastó con el grueso demográfico de la población hispano-romana, con lo cual, ante la amenaza sarracena no existió una conjunción de fuerzas que actuasen en pos de una defensa común, puesto que esto: lo común, era precisamente lo que faltaba. Así, cuando el ejército visigodo, mermado por una división de facciones, fue derrotado, ya nadie quedaba que pudiere plantar cara al invasor, salvo los irreductibles pueblos que vivían parapetados tras los farallones de la Cordillera Cantábrica y que habían sido reluctantes a cualquier poder externo, incluido el visigodo. Las castas guerreras endogámicas presentan en la historia pueblos muy poderosos pero que no son capaces, en el largo plazo, de restañar con sangre propia los huecos que las actividades bélicas necesariamente producen; un ejemplo de esto serían los espartanos. Digamos que los musulmanes encontraron muy poca resistencia en España y su avance hacia Europa solo se detuvo cuando Carlos Martel los abatió en las llanuras de Poitiers unos años más tarde. A partir de aquí, España se convierte en una tierra de frontera y los reinos cristianos del norte solamente son capaces de revertir la situación cuando las corrientes demográficas de una Europa mejor articulada y que inicia su despegue fáustico, comienzan a verterse poco a poco sobre la Península, sobrepujando a las que a su vez vienen de África cruzando el Estrecho. Sobre todo a partir del año mil, gascones, borgoñones, provenzales, hombres de Normandía, el Poitou y la Turena, franquearán los Pirineos, unos con su espada, otros con sus oficios, otros en busca de un terruño y quien sabe si de una franquicia de caballero (los llamados pardos o cuantiosos), y muchos de ellos quedarán aquí, en esta tierra de promisión que harían su patria. Pero esta ya es otra historia, el reverso de aquella batalla que se libró bajo un sol abrasador, urdida por la venganza y una ambición desmedida, en una laguna, la de la Janda, que restallaba como una inmensa lámina de platino. Allí, como dijo Ricardo, empezó todo.

Adriano.

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